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Las
milicias privadas
El movimiento de
los Sin Tierra es un grupo popular fundado en
1984 que organiza polémicas ocupaciones
de suelos para ayudar a los campesinos desposeídos
y a los que anhelan escapar de los cinturones
de miseria a establecer pequeños campamentos
agrícolas en las vastas extensiones de
terrenos privados, pero inactivos de Brasil. En
la actualidad, aproximadamente 44 mil familias
se encuentran en calidad de posesionarios en varias
extensiones de terreno.
El Movimiento no puede ser fácilmente
ignorado. Miles de trabajadores se han involucrado
y disfrutan del apoyo de la Central de Trabajadores
Unidos (CTU) , que representa a más de
20 millones de empleados, y del Partido Laboral,
el principal de la oposición.
En muchos casos, los ocupantes
son dispersados. Porros contratados por terratenientes
privados, la Policía, o ambos, a menudo
atacan los campamentos y desalojan a los posesionarios.
Las golpizas son comunes y las masacres de los
ocupantes no son inusitadas: más de mil
700 han muerto en la última década,
de acuerdo con la CTU.
Los trabajadores agrícolas
están dispuestos a arriesgar la vida porque,
si tienen suerte, su posesión de la tierra
eventualmente será aceptada como un hecho
consumado y el Gobierno seguirá el mecanismo
establecido en la Constitución Brasileña
de 1988 para comprar la parcela a su dueño
original y entregar el título a los ocupantes.
Todos los posesionarios saben que
las probabilidades de beneficiarse de la reforma
varían de mínimas a cero, a menos
que tomen una acción directa. Casi medio
millón de brasileños se ha reubicado
de esta manera.
Dos
Brasiles
Brasil no es un
país pobre. Ocupa el noveno lugar mundial
en Producto Interno Bruto. Para 2015, la economía
de esta nación sudamericana, que ya supera
a la de Rusia, será la sexta más
grande del orbe, de acuerdo con un pronóstico
del Ministerio de Finanzas de Gran Bretaña.
Sin embargo, los frutos del enorme
crecimiento económico han sido ambiguos.
El 40 por ciento de la población, la más
pobre, recibe sólo el 7 por ciento del
ingreso total. El resultado: un paraíso
para pocos y una pesadilla para muchos.
Si la desigualdad de ingresos es
asombrosa, las disparidades en la distribución
de la tierra son aún más impresionantes.
Menos del uno por ciento de los terratenientes
controla casi la mitad del campo.
A medida que se moderniza la agricultura,
millones de campesinos han perdido sus empleos.
En consecuencia, existen 12 millones de trabajadores
sin tierra. Al emigrar a las ciudades encuentran
que simplemente cambiaron la pobreza rural por
la miseria urbana en un marco de escasa creación
de empleos.
El
Coronelismo
El origen de la desequilibradas políticas
brasileñas sobre la tenencia de la tierra
data de la tercera década del siglo XVI,
cuando el Rey Don João III de Portugal
dividió su colonia en Sudamérica
en 15 inmensas extensiones de terreno (capitanías
hereditarias), y las distribuyó entre 13
colonos (donatarios).
Con el paso de los siglos, echó
raíces una cultura de Coronelismo. El "Coronelismo"
se deriva de los "coroneles" (coronéis),
los terratenientes originales, la mayoría
de los cuales tenían títulos militares.
Durante siglos, los coronéis gobernaron
Brasil.
A principios del siglo XX, la élite
rural seguía siendo dominante, ya que la
economía era fundamentalmente agrícola
y no había poderes para contrarrestarla
o medios para oponerse a ella. La hegemonía
de los coroneles no fue desafiada durante los
años 20. Sin embargo, al inicio de los
30, y especialmente después de la Segunda
Guerra Mundial, Brasil experimentó un intenso
período de urbanización e industrialización.
La oligarquía vio entonces
disminuido su monopolio político y económico,
aunque sus prácticas tradicionales siguieron
floreciendo en los sitios más pobres del
país, donde continuó gobernando
a manera de señor feudal.
La
Reforma Agraria
Aún cuando su
poder relativo se estaba desvaneciendo, la élite
agrícola tradicional protegió ferozmente
su histórico control del campo.
En 1964, el Presidente Joao Goulart
firmó un decreto autorizado al Gobierno
a comprar granjas sin utilizar (o muy poco utilizadas)
con más de 480 hectáreas. La respuesta
de la oligarquía fue rápida. En
cuestión de semanas, la élite conservadora
brasileña montó un golpe militar
que derrotó a Goulart y terminó
con cualquier prospecto de reforma en el campo,
iniciando una de las dictaduras más sangrientas
de Latinoamérica.
Hoy en día, 10 años
después del fin de la dictadura, y en gran
medida debido a la gran concentración de
riqueza que ocurrió durante el régimen,
la cuestión del acceso a la tierra es más
crítica que nunca.
Sin el sueño de Goulart
de la reforma agraria se está cristalizando
en el presente, definitivamente lo está
haciendo de una manera inusual.
La ocupación de hecho de
los terrenos por parte del Movimiento de los Sin
Tierra está impulsando lo que ha sido un
proceso de larga duración. Los campesinos
brasileños habían empezado a organizarse
a principios de los 60 en un esfuerzo por ganar
el derecho a reclamar título legales para
los suelos que habían trabajado o en los
que habían vivido como agricultores arrendatarios
durante muchos años.
Cuando Goulart fue derrocado por
el Ejército, el nuevo Gobierno declaró
que se había visto forzado a entrar en
acción. Los dictadores siempre se refirieron
al golpe y a su régimen como "una
revolución democrática" que
salvó a Brasil de "la amenaza comunista".
Fue una época de crecimiento
económico excepcional. Pero no fue hasta
la primera mitad de la década de los 80,
cuando el milagro económico brasileño
perdió su fuerza y su inmensa deuda internacional
impulsora de la expansión llegó
a su vencimiento, que la dictadura se fue a pique,
eventualmente perdiendo apoyo, incluso de las
élites que la habían ayudado a establecerse.
Las protestas populares se volvieron demasiado
grandes para controlarlas.
Fue en este ambiente en el que
se establecieron las organizaciones que actualmente
trabajan en pro de la reforma agraria: el Departamento
Nacional para los Trabajadores Rurales del CTU
y especialmente el Movimiento de los Sin Tierra.
Democratizando
la Tierra
Con 12 años
de existencia, el MST entró en acción
pro primera vez en tres estados sureños
de Brasil, Río Grande do Sul, Santa Catarina
y Paraná, pero sus actividades se han expandido
desde entonces por todo el país.
La decisión de ocupar un
área usualmente es tomada por un sindicato
rural local, que recurre a la oficina nacional
de Movimiento de los Sin Tierra en busca de ayuda.
El Movimiento proporciona transporte,
tiendas de campaña, herramientas agrícolas
y semillas. Pero aún más importante,
ayuda con gente. Tiene más de 5 mil 200
"militantes profesionales" que organizan
ocupaciones de suelos y trabajan por la "democratización
de la tierra" dentro del sistema político.
Ni el Movimiento de los Sin Tierra
ni el Gobierno brasileño pueden responder
definitivamente a la pregunta de cuántas
personas han participado en ocupaciones de tierras.
Pero entre 1986 y 1995, 139 mil familias eventualmente
recibieron el derecho legal a los terrenos en
donde se habían establecido. Otras 44 mil
familias están involucradas en ocupaciones
actuales.
Sumando a aquellos que han perdido
sus vidas en esta lucha, no es irrazonable calcular
que en los últimos 10 años, aproximadamente
700 mil personas, entre hombres, mujeres y niños,
han estado directamente involucradas en las ocupaciones.
Durante la última década,
el MST se ha vuelto poderoso. La organización
no tiene un solo líder, sino que es administrada
por un consejo nacional de coordinadores. Los
directores provienen de los "militantes profesionales"
del movimiento.
Una estructura similar existe a
nivel estatal. Las ocupaciones individuales son
auxiliadas por organizadores locales, coordinadores
de campamentos que funcionan a nivel local. Cada
uno de ellos atiende un área diferente
de interés[ educación, nutrición,
salud, producción, negociaciones de conflictos
y prensa. Además, los trabajadores que
participan en cada ocupación eligen a sus
propios representantes.
Conforme ha crecido el Movimiento,
se ha diversificado. De acuerdo con el periódico
Folha de Sao Paulo, el MST tiene un presupuesto
de operaciones de millones de dólares anuales.
Un uno por ciento de todo lo que es producido
en los asentamiento que ahora son dueños
de su propia tierra está destinado a la
organización.
El
año del cambio
Es difícil evaluar la opinión
pública sobre los Trabajadores Sin Tierra.
Los medios de comunicación masiva frecuentemente
se refieren a los miembros de la organización
como "invasores de terrenos". No obstante,
muchos brasileños tienen una imagen positiva
del grupo, creen que ha demostrado preocupación
por la justicia social y que ha luchado por la
reforma de una manera disciplinada y no violenta.
Aun así, los sucesos de
este año pueden poner a prueba la habilidad
y la voluntad del Movimiento para mantener la
disciplina y la práctica de la no violencia.
En los últimos 12 meses,
los Sin Tierra han organizado un mayor número
de ocupaciones y recibido más atención
que nunca de los medios de comunicación.
Pero dos iniciativas, una pública y otra
privada, han resucitado a instituciones que amenazaron
a las primeras organizaciones activistas durante
el régimen militar.
Este año, el Presidente
Fernando Herique Cardoso estableció la
Agencia Brasileira de Inteligencia, o ABIN. El
General Alberto Cardoso, el Ministro de Asuntos
Militares que estaba encargado del establecimiento
de la ABIN, sostiene que el papel de la Agencia
es vigilar a los grupos populares "potencialmente
peligrosos, para que de esta manera no puedan
ser manipulados políticamente". Al
mismo tiempo, renació la Unión Demócrata
Rural (UDR), una organización paramilitar
dirigida por propietarios de tierras que fue disuelta
en 1944.
El lema del Movimiento es: "Ocupar,
resistir y producir. La reforma agraria es la
lucha de todos". La organización argumenta
que la reforma agraria es una condición
necesaria para la democracia, así como
una manera de solucionar el hambre y las altas
tasas de desempleo.
Una nueva característica
del Movimiento es la ocupación de edificios
citadinos. Este fenómeno urbano atrae la
atención de los medios de comunicación
más rápidamente que las actividades
rurales y probablemente sea más seguro,
dado que la Policía Militar puede estar
renuente a pagar el alto costo político
que podría traer consigo otro asalto visible
contra los posesionarios.
Cuando la simpatía pública
por el MST se acrecentó debido a la masacre
de abril, el Presidente Cardoso nombró
a Raúl Jungmann nuevo Ministro de Política
Agraria para acelerar las adquisiciones y la redistribución
de las tierras por parte del Gobierno.
Jungmann sostiene haber transferido
más de 800 millones de hectáreas
en los primeros 100 días de su gestión.
Sin embargo, el Atlas de Suelos de Brasil revela
que el patrón de propiedad de tierra del
país es casi idéntico al de hace
56 años, con más del 62 por ciento
de tierra cultivable "improductiva",
que podría dar cabida a todas las personas
sin tierra que deseen convertirse en miembros
de los asentamientos.
Sin embargo, la división
de la tierra no es una solución total.
Una reforma más efectiva también
proporcionaría a los trabajadores asistencia
de arranque. De hecho, las estadísticas
muestran que los lugares donde están establecidos
los posesionarios tienen menos acceso a la infraestructura
y reciben menos subsidios del Gobierno que otras
áreas. Como resultado, es más probable
que los ocupantes de tierras no tengan éxito
y se vean forzados a vender su nueva propiedad.
Pese a ello, en la actualidad, con las modernas
comunicaciones y la libertad de prensa, organizaciones
como la de los Sin Tierra pueden despertar a la
oposición.
Siempre existe el peligro de que
la situación actual pueda convertirse en
una sangrienta guerra civil. "En el futuro
vamos a tomar las propiedades de manera definitiva.
Y tomaremos las armas para luchar si algún
propietario de las tierras intenta desalojarnos
por la fuerza", proclamó José
Rainha, uno de los directores nacionales del Movimiento.
Si no se promueven las sólidas
política sociales, que resultan en una
reforma significativa y de larga duración,
y que rescatan a un número considerable
de pobres, la democracia brasileña puede
estar en grave peligro. La oligarquía podría
formar otra alianza con el Ejército, estableciendo
una nueva dictadura.
Alternativamente, no puede ser
descartada una guerra abierta entre los que tienen
y los que no tienen. La interrogante es: ¿Cuánto
tiempo puede continuar un lento proceso de reforma,
acentuado por masacres ocasionales? No indefinidamente.
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